martes 15 de mayo de 2007

La lluvia que somos





Nunca sabremos si las primeras lluvias serán las últimas. Esa incertidumbre nos mantiene aferrados a las primeras gotas. Las queremos para nosotros, para nuestros hijos. Y al sol le decimos adiós por un rato. Por ahora somos amigos del color gris. Recordamos aquella lluvia que sonaba afuera del salón de la escuela, y nosotros adentro, pensando en nuestras madres y en la hora del timbre de salida.




Tal vez sea la lluvia nuestra verdadera madre. Tal vez todos venimos de una lluvia que nos hizo creer en esta tierra. Es fácil creer que no somos de la tierra. Nuestra vida se parece tanto a una gota que se desprende de alguna alta humedad y que vamos en permanente caída y a eso le llamamos tiempo.




A lo mejor somos producto de una condensación, de un aire que se puso húmedo

jueves 19 de abril de 2007

Asiento Compartido


Estaba sentada casi al final del autobús, en el lado de los asientos para dos pasajeros. Mientras me acercaba pensé que sería mucha suerte sentarme a su lado, porque las muchachas que se vab en ese tipo de asiento casi siempre ponen el bolso o los libros al lado y cuando uno dice "permiso", ellas te miran con los ojos inyectados de territorialidad mientras dicen entre dientes "ocupado". Y no sé que se siente con exactitud en esos casos pero provoca maldecir y agarrar el bolso o los libros y lanzarlos por la ventana y decir "nojoda".


Pero ella no tenía bolso. Estaba leyendo un cuaderno y me saludó cuando le dije permiso. No sé por qué dije permiso, tal vez era porque tenía el cabello bonito. Siempre la veo en el mismo autobus, pero a las seis de la tarde cuando regresamos del tecnológico.


No soy el tipo de hombre que le busca conversación a una mujer que va a su lado en un autobus. Siempre trato de respetar la intimidad y el silencio de los desconocidos( y de los conocidos también). Sin embargo mi alma desarrolla toda la fantasía y la inquietud que produce el ir a algún lado con una mujer al lado. No es necesario hablar porque su presencia dice todo, su silencio aturde de lo lleno que está. Es una de las bendiciones que uno puede recibir cuando uno se desplaza en un transporte público.


Pero a los diez minutos de trayecto de pronto nos vimos y ella sonrió con familiaridad y me dijo que tenía sueño porque no había dormido casi. Y con esa información comenzamos a hablar como si viejos conocidos que estuvieran reiniciando una conversación interrumpida por una corta pausa. Me dijo que iba a presentar un examen para optar por una beca en Francia. Habló de su familia, sobre su indecisión de irse o quedarse, de su papá que no tenía plata para pagarle el pasaje si llegaba a ser seleccionada.


A veces reía con resignación mientras decía "no sé" y se apartaba un poco el cabello del rostro. Yo no quería leer más mi librito de filosofía. Sólo deseaba ver con atención esa mujer que de pronto me abrió las puertas de su enrollada vida.


La cola de la autopista se estaba haciendo más densa cuando los ojos se le empezaron a poner aguados. Que no vaya a llorar, no a esta hora y en medio de esta cola. No hay cosa que me ponga más nervioso que una muchacha llorando justo cuando el sol está saliendo y hay una cola en la autopista.


Pero las lágrimas tienen su propia ley, su propio destino. Y el típico papá que no la entiende fué el responsable de ese toque dramático. Dos lágrimas que en el interior de sus gotas no traían nada. Venían huecas. Sólo cargaban agua. Agua y sal, los únicos ingredientes de ese tipo de lágrima.


Tenía que hacer algo. Aunque fuera un movimiento sencillo. Lo que salió fué un gesto bobo e inútil. Le pasé la mano derecha por el cabello y le dije "pero no llores". La voz me salió como cuando le digo a las perras de la casa que no me laman. Ella medio sonrió y medio se puso más triste. Pero no paró de hablar.


Por un momento su existencia pareció estar tallada en un petroglifo oscuro y enmontado, pero casi al mismo tiempo desapareció las lagrimas con una de sus manos. Y así borró la tristeza y las lágrimas se fueron del autobús, del asiento y de la vida de la autopista. Entonces habló del rollo de si tener o no tener novio, de sus ganas de trabajar en PDVSA, de los reales, del carro que sueña tener, la casa para ella sola, la independencia. La felicidad.


Ya el autobús estaba entrando en el tecnológico y un tipo que estaba sentado en el asiento delantero volteó y le dijo "tu hablas que jode chama". Ella se rió, el también, y yo doblé bien dobladita la hilacha que hace rato, antes de hablar con ella, me conectaba con el amanecer y con las paraulatas. La guardé en mi bolso,al lado de mi librito de filosofía.


Ya estaba preparado para la mano que seguro me iba a ofrecer para cuando llegara el chao. Y vino la mano. Se la estreché y le sonreí como le sonrio a los murciélagos que vienen cada año al patio de mi casa a polinizar al Chorrocloco. Le dije buena suerte y sin que se diera cuenta, me metí en el bolsillo de la camisa las lágrimas huecas que en ese preciso momento se les ocurrió regresar.

sábado 31 de marzo de 2007

La intrascendencia de los inmortales


















No recuerdo donde leí que los actos de los inmortales carecen de trascendencia. Son pálidos, planos y carecen de la belleza que confiere la finitud. Los actos de los mortales están todos cargados de poesía porque cualquiera puede ser el último. Todo en el humano es precario. La vida misma de todas las criaturas y del planeta mismo es precaria. Tal vez por esa misma razón podríamos decir que los actos divinos son intrascendentes y fútiles. Al menos los de los dioses inmortales. Un dios mortal sería interesante. Un dios capaz de crear mundos y seres y luego morir. ¡Que belleza tendría esa creación!

martes 27 de febrero de 2007

Ventanas de autobuses






Puedo leer en un autobús atiborrado de gente, agarrado del tubo con una mano y sosteniendo un libro con la mano que me queda libre. Puedo concentrarme escuchando un radio a todo volumen. Lo que no soporto es viajar sin leer y tener que tropezarme con la mirada de los pasajeros mientras respiro el aire viciado por el embrutecimiento. Eso lo detesto. Pero mi concentración no es infalible. Hay algo contra lo que no puedo: una conversación en el puesto de atrás o de adelante en voz alta. Mi mente no puede luchar contra esa corriente y se deja llevar por cualquier cuento, con mucha mas fuerza si el cuento es deprimente, y casi siempre lo es.

Tampoco puedo soportar a la gente que cierra las ventanas. En los autobuses de la universidad siempre pasaba. Daba la impresión de que todo el mundo acababa de salir de una peluquería y que no querían estropear sus malditos peinados. Puedo entender que les moleste la brisa o el frío de la mañana, especialmente a las mujeres que siempre les molesta la brisa y el frío de la mañana, pero era todo el mundo empeñado en cerrarlas completamente y de un solo trancazo, con rabia y con miedo. Eso no lo puedo entender. Soy muy bruto para esas cosas. Nadie dejaba que entrara ni siquiera un poquito de aire. Y el aire se hacía irrespirable, aire de diligencia. Ese aire que huele a cosas por hacer pero con sufrimiento. Mañana cargada.

Lo peor era que cuando tenía la suerte de ir sentado al lado de la ventana y la dejaba abierta, entonces aparecía el típico brazo que podía venir de un lado, o del asiento trasero y me cerraban de un solo golpe la posibilidad de respirar otra vida. Para evitar esa humillación yo mismo la cerraba pero dejaba unos centímetros mínimos de abertura y allí reposaba mi nariz y me tragaba los pedazos de libertad que pasaban volando por la ventana.

jueves 22 de febrero de 2007

Lecturas en autobuses

Siempre leo en los autobuses. Así vaya parado. Esa costumbre me ha salvado del tedio y del embrutecimiento. Con los años y la necesidad, he desarrollado la capacidad de leer y concentrarme incluso en las condiciones mas hostiles, con calor, música a volumen altísimo, propaganda y pregoneros, con poca luz y dando saltos.

lunes 19 de febrero de 2007

El gusano verde

Soy un profesor de inglés. Hace un tiempo trabajaba cerca de la casa y llegaba en diez minutos al instituto. Las cosas han cambiado, ahora tengo que ir en autobús. Cuando trabajaba en la universidad tenía que agarrar tres autobuses. Así pasé varios años, agarrando autobuses para llegar en una hora, hora y media al trabajo. Cuando le dije a mi ex-jefe en la universidad que estaba harto del terminal, que era tan cansón andar de aquí para allá metido en un carrito, no pareció entender lo jodido que era. Muy jodido. Sobretodo cuando tenía que llegar a las 7:10 de la mañana a dar una clase después de la odisea de los carritos. Y si agarraba el autobús de la universidad la cosa no era muy diferente. Toda esa gente apretada y con el mismo destino, las ventanas cerradas y música criolla de fondo creaban una de las atmósferas mas pesadas que he conocido en toda mi vida. Era tan pesada como la que se formaba en los autobuses de una compañía donde trabajé hace muchos años. Aquellos autobuses eran verdes, parecían transporte militar. Los de la universidad también daban la misma impresión.

Era horrible tener que esperarlos en una parada determinada junto a un grupo de estudiantes que no respetaban el orden de llegada para montarse en el autobús. Me sacaba la piedra ver como se empezaban a mover cuando el autobús se acercaba. Me daba tanta repugnancia que me dejaba colear. Pelear por un puesto a esa hora de la mañana es como pelear por un pedazo de pan. Cuando era estudiante tenía un amigo que lo llamaba "el gusano verde". Se reía a carcajadas cuando el bus se paraba y veía a los estudiantes bajando. Me decí:"Mira como los vomita el gusano". Era un gusano verde que nos tragaba y vomitaba todos los días. Mi amigo tuvo la suerte y la inteligencia para dejar la universidad una vez que obtuvo lo que necesitaba.
Yo me seguí metiendo dentro de ese gusano que reproducía en su interior el nefasto aire de los salones de clase.