
Estaba sentada casi al final del autobús, en el lado de los asientos para dos pasajeros. Mientras me acercaba pensé que sería mucha suerte sentarme a su lado, porque las muchachas que se vab en ese tipo de asiento casi siempre ponen el bolso o los libros al lado y cuando uno dice "permiso", ellas te miran con los ojos inyectados de territorialidad mientras dicen entre dientes "ocupado". Y no sé que se siente con exactitud en esos casos pero provoca maldecir y agarrar el bolso o los libros y lanzarlos por la ventana y decir "nojoda".
Pero ella no tenía bolso. Estaba leyendo un cuaderno y me saludó cuando le dije permiso. No sé por qué dije permiso, tal vez era porque tenía el cabello bonito. Siempre la veo en el mismo autobus, pero a las seis de la tarde cuando regresamos del tecnológico.
No soy el tipo de hombre que le busca conversación a una mujer que va a su lado en un autobus. Siempre trato de respetar la intimidad y el silencio de los desconocidos( y de los conocidos también). Sin embargo mi alma desarrolla toda la fantasía y la inquietud que produce el ir a algún lado con una mujer al lado. No es necesario hablar porque su presencia dice todo, su silencio aturde de lo lleno que está. Es una de las bendiciones que uno puede recibir cuando uno se desplaza en un transporte público.
Pero a los diez minutos de trayecto de pronto nos vimos y ella sonrió con familiaridad y me dijo que tenía sueño porque no había dormido casi. Y con esa información comenzamos a hablar como si viejos conocidos que estuvieran reiniciando una conversación interrumpida por una corta pausa. Me dijo que iba a presentar un examen para optar por una beca en Francia. Habló de su familia, sobre su indecisión de irse o quedarse, de su papá que no tenía plata para pagarle el pasaje si llegaba a ser seleccionada.
A veces reía con resignación mientras decía "no sé" y se apartaba un poco el cabello del rostro. Yo no quería leer más mi librito de filosofía. Sólo deseaba ver con atención esa mujer que de pronto me abrió las puertas de su enrollada vida.
La cola de la autopista se estaba haciendo más densa cuando los ojos se le empezaron a poner aguados. Que no vaya a llorar, no a esta hora y en medio de esta cola. No hay cosa que me ponga más nervioso que una muchacha llorando justo cuando el sol está saliendo y hay una cola en la autopista.
Pero las lágrimas tienen su propia ley, su propio destino. Y el típico papá que no la entiende fué el responsable de ese toque dramático. Dos lágrimas que en el interior de sus gotas no traían nada. Venían huecas. Sólo cargaban agua. Agua y sal, los únicos ingredientes de ese tipo de lágrima.
Tenía que hacer algo. Aunque fuera un movimiento sencillo. Lo que salió fué un gesto bobo e inútil. Le pasé la mano derecha por el cabello y le dije "pero no llores". La voz me salió como cuando le digo a las perras de la casa que no me laman. Ella medio sonrió y medio se puso más triste. Pero no paró de hablar.
Por un momento su existencia pareció estar tallada en un petroglifo oscuro y enmontado, pero casi al mismo tiempo desapareció las lagrimas con una de sus manos. Y así borró la tristeza y las lágrimas se fueron del autobús, del asiento y de la vida de la autopista. Entonces habló del rollo de si tener o no tener novio, de sus ganas de trabajar en PDVSA, de los reales, del carro que sueña tener, la casa para ella sola, la independencia. La felicidad.
Ya el autobús estaba entrando en el tecnológico y un tipo que estaba sentado en el asiento delantero volteó y le dijo "tu hablas que jode chama". Ella se rió, el también, y yo doblé bien dobladita la hilacha que hace rato, antes de hablar con ella, me conectaba con el amanecer y con las paraulatas. La guardé en mi bolso,al lado de mi librito de filosofía.
Ya estaba preparado para la mano que seguro me iba a ofrecer para cuando llegara el chao. Y vino la mano. Se la estreché y le sonreí como le sonrio a los murciélagos que vienen cada año al patio de mi casa a polinizar al Chorrocloco. Le dije buena suerte y sin que se diera cuenta, me metí en el bolsillo de la camisa las lágrimas huecas que en ese preciso momento se les ocurrió regresar.